La vida en el filo

Cuando tenía veinte años me atropelló un coche y, además de causarme heridas en las piernas, tuve graves lesiones en la cabeza, que acabó, junto con mi cuerpo, bajo el coche, de forma que recibí un golpe en el lado derecho de la cabeza, probablemente, con el cárter del motor, haciendo que chocara con el asfalto. Esto me causó una fractura sobre el ojo izquierdo y daños en el tejido de todo ese lado. Teniendo en mente que esto sucedió en una calle de doble sentido y que el coche ni siquiera redujo la velocidad y menos aún paró, es increíble incluso que sobreviviera.

Además de la contusión contraje meningitis, una infección del líquido que rodea el cerebro, por lo que, durante la semana siguiente, apenas recordaba nada de un día para otro. Tras dos semanas en ese surrealista ambiente hospitalario, empecé a sospechar que no podía oír por el oído derecho. Las pruebas subsiguientes mostraron que no oía absolutamente nada por él y, desde entonces, no he vuelto a oír. Tenía, efectivamente, la cabeza fracturada en el lado derecho, lo que había segado el nervio que iba de mi oído al cerebro.

Cuando dejé el hospital tuve que volver a vivir con mis padres durante un tiempo y permanecer, en su mayoría, confinado en casa (las lesiones en mis piernas impedían que fuera lejos), por lo que no tuve muchos problemas con mi audición. El único problema real venía al contestar al teléfono. Estaba tan acostumbrado a cogerlo con la mano derecha que continuaba, por error, poniéndomelo en el oído sordo. Una vez que me hicieron llegar la silla de ruedas y empecé con las muletas, ya fue hora de dirigirme al pub local (The Queens Head en Dorking) para salir una noche de viernes. En cuanto entré en el pub estuve perdido. Oía a la gente decir mi nombre, pero no tenía ni idea de dónde venían los sonidos y era imposible para mí concentrarme en la conversación.

De forma similar a cómo usamos los dos ojos para calcular la distancia, usamos ambos oídos para dirigir nuestra audición hacia una fuente en particular. Con solo un oído con el que oír, esto se convierte en algo imposible y uno está forzado a escuchar todo el ruido de alrededor de forma simultánea. Discernir el discurso de una persona de la cacofonía de sonidos de fondo es extremadamente difícil. Muy frecuentemente, me he encontrado intentando conversar con alguien situado en mi lado sordo, cuando todo lo que puedo oír es una conversación que hay en mi lado bueno y que nada tiene que ver conmigo.

El daño en mi audición me había afectado profundamente en muchos aspectos que me debilitaban más que las lesiones de las piernas. Mientras los años pasaban, iba aprendiendo a compensar y el esfuerzo era, sorprendentemente, menor que antes. Pero a mis veinte supuso un gran problema. Hubo gente que pensaba que era un miserable o un cabrón ignorante, pero la realidad simplemente era que no me daba cuenta de que hablaban conmigo. Las conversaciones de grupo eran particularmente complicadas, así que aprendí a sentarme detrás y observar a la gente en vez de escucharla. Esto se convirtió no tanto en un hábito como en una fascinación, sobre todo combinada con mi reciente interés en la postura de la gente y su forma de usar el cuerpo.

Pasé un par de años yendo a clase para leer los labios, lo cual estoy seguro de que ayudó. Todos leemos los labios hasta cierto punto, pero hacerlo inconscientemente requiere convertirse en «duro de oído» para poner así especial atención en esta habilidad. Quizá alguna vez notaste que, de repente, era difícil escuchar a alguien cuando se ponía la mano delante de la boca, igual que si tiene un tupido bigote tapando sus labios.

La pérdida de audición puede ser invisible pero, como todas las discapacidades, nos aparta de los demás y pone otra pequeña traba a la interacción social. Aprendí a ser feliz y colocarme detrás en las conversaciones. A veces, a ser dejado fuera, en el filo que refleja otros lados de la vida, y creo que esto me ayudó a desarrollar una visión más filosófica. También estoy seguro de que me preparó bien para mi vida como parapléjico que además me apartó de la forma principal de socializar.

Según tratamos mi cuerpo, dañado en su espina dorsal, mediante la terapia ABR, tratamos también las debilidades en mi cabeza que derivaron de esa lesión espinal. En el sentido biomecánico, la cabeza es la raíz de nuestra fuerza y debemos reforzar sus debilidades antes de dirigirnos a regiones inferiores. A este respecto, mis dos cavidades auditivas son débiles, aunque la debilidad de mi oído derecho se debió a la lesión que provocó mi sordera. Mediante las técnicas de ABR fortalecemos las cavidades auditivas y la esperanza de que lo hagamos tan bien que mi cerebro vuelva a reconocer la existencia de mi oído derecho y reestablezca la conexión, dando como resultado la vuelta de mi audición. Después de más de veinte años de ser «duro de oído» esto sería un verdadero milagro.

Traducción realizada por Claudia Moreno

Este texto es una traducción de la entrada disponible en http://spinalroots.wordpress.com/2011/03/28/life-on-the-fringe/, publicada por primera vez el 28 de marzo de 2011.

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